viernes, 5 de febrero de 2010
Imprescindible la visita a este sitio. La palabra y el pensamiento de Gustavo Pírich, autor del libro "La palabra y el pensamiento de Gustavo Pirich, autor de "HOJA DE RUTA (De la guerra en las islas a la guerra en el continente)".
http://www.malvinizar.com.ar
La palabra y el pensamiento de Gustavo Pirich, autor de "HOJA DE RUTA (De la guerra en las islas a la guerra en el continente)".
martes, 19 de enero de 2010
El capítulo V y, una novedad. Los restantes estarán a disposición de los seguidores que los soliciten.
CAPÍTULO V
Se repite el descubrirse allí sentado, embelesado, como flotando en un fluir de cavilaciones Cree que es un mecanismos de defensa que ha desarrollado y que experimenta con cierto extasiado placer, desde hace un tiempo. Establece ensimismados recorridos mentales que lo alejan momentáneamente de las circunstancias presentes y lo depositan en un limbo meditativo, donde se desenmarañan muchos obstáculos que lo aprisionan rutinariamente. Lo acomete una sensación de evadirse, placentera, agradable, y lo traslada hacia escondrijos donde seilumina franjas sombrías de lo que es.
Un fugitivo vuelo desde la esquina de abulia alcohólica en el bar de Lanús, hacia la ya recalcitrante reunión en lo de Girotti, el jefe de su mujer. Se detiene en ella. El ensueño quimérico se pone en viaje, reposado, fugaz. Piensa en llevársela ya mismo, a su departamento, sentada sobre sus rodillas, en el colectivo, en un asiento de a uno, su torso elegante sostenido por detrás, la espalda erguida, el pecho opulento flotando sobre el suyo, el pelo recogido y los aros de argollas gigantes coronando su intensa belleza, aplicándole húmedos besos sobre la comisuras de los labios, a él, que finge desentenderse mientras la deja hacer, llevándolo a extremos de excitación, que culminarán explosivos, derramándose dentro de ella, sobre su cama, con las persianas bajas, con el silencio del hogar sorprendido por la intempestiva entrada de los furibundos amantes. En vez de eso, una terca inercia lo detiene y lo relega a volverse silencioso testigo de las discusiones, mientras su impulso por escapar de allí hacia una lujuriosa tarde de amor se desvanece. Es como el estigma de su existencia, el dejarse habitar por esa inercia que lo controla, que lo conduce hacia la consumación de la rutinaria abulia, de la que emerge Sandra como extraño páramo de ardor, de plenitud y de energía. Y eso es justamente lo que lo asusta de la relación, el no tenerse confianza, a no poder sostener el interés que ella siente en él, un interés que sigue presentándosele primoroso, que no desfallece, que lo confunde.
Un muro de mutismo se convoca en su cabeza, allí sentado en casa de Girotti, abstrayéndose de la animada plática. Un alambrado de congoja por los amigos, por Alfredo, por los pibes de la patrulla que iban hasta el Wall, por entre las escarpadas hileras de rocas. Lo que parecía una suave ondulación, bajando del cerro, hacia el norte, era un atolladero de estribaciones a las que había que rodear trabajosamente, doblándose los tobillos, trastabillando con el fusil a cuestas, para luego hundirse en la esponjosa alfombra de turba, empapada y floja, cubierta de pastizales. Si con Alfredo les tocó varias veces ir de patrullas, tres o cuatro veces, comenzado mayo, hasta las cercanía del mar, en Fresinet. Y ahora, todos esos pibes estaban muertos, Ayala, Ribonetto, el colorado Roeninger y Alfredo Insúa. Y él junto al resto, atrapados en una red de silencios, obligada, autoinducida. No vayan a hablar de lo que pasó, puede haber graves consecuencias para el que rompa el silencio, incluso para la familia, les dijeron en la cuadra de la compañía, en el regimiento, antes de devolverles la libreta y volverlos a la silenciosa libertad, muda a los recuerdos que se abroquelan palpitantes por salir.
Y ahora con esa dulce chica, las charlas simples, apacibles las charlas y su tono, la mirada plena y que da confianza, que lo deja ir largándose, abriéndose, de a poco. Hasta llegó a contarle algunas cosas, cosas que sólo a veces tiene reservadas para hablarlas con Gustavo y el flaco, cuando van a pescar al río Salado. En la orilla del río, las playas barrosas, las botas llenas de fango hasta donde comienzan los pantalones. La alharaca de ir sacando los pejerreyes que se van cebando a medida que salen, atiborrados por sus propias escamas, y su propia carne al ser desprendidos de los anzuelos, los mismos que les quitan la vida, y que los alborotan y los enervan en seguir el pique, y que a los pescadores entusiasma, perdiéndolos sin meditaciones en la febril actividad, que de última sólo había sido pensada para distraerse, para alejar los recuerdos que vuelven, insistentes. Y el flaco Testa es un maestro de la pesca, se sabe todos los trucos: que la distancia de las boyas hasta los anzuelos, que los ángulos de las agujas de esas pequeñas garras que se roban a los plateados peces del agua de acuerdo a la profundidad a la que flota la boya, que el color amarillo o el rojo de acuerdo a la hora del día. Si hasta el peso de la caña influye, y el flaco lo cuida y lo calcula por sus compañeros de osadía, sugiriendo ésta o aquella caña, con cariñoso celo, de acuerdo a la contextura de Gustavo o de Julián, en el barro, en las orillas fangosas, todos pertrechados convenientemente. El flaco le da a Julián la sensación de que la pesca es una verdadera ciencia, una ciencia práctica, de aquellas que provienen de la larga experimentación y la sabiduría de todas las generaciones de humanos acumuladas, el pertrecho de la tecnología de supervivencia de la especie, personificada en una persona que acumula en sí las destrezas de una raza. Al menos, acumulada en la prosapia de la familia Testa, se dice Julián. Y el flaco que tan experto y sabio en las lides de la pesca, no puede con su alma, pobre. Y fuma como un escuerzo, tres paquetes de negros, Imparciales. Que ya fumaba en la colimba, y cuando se iban de franco lo tenían que aguantar en la estación del tren para que fuera al quiosco, donde se compraba de a dos atados. Y en las Islas, durante la espera, parecía que succionaba oxigeno de la esperanza a través de los cigarrillos, siempre ansioso de las noticias que traía el gordo Oviedo, o de los informes que ninguno de ellos creía del jefe de sección, cuando venía de la carpa del capitán, que a la vez traía las últimas novedades que le pasaba el “teco” Benitez, el Jefe del regimiento, -un regimiento de infantería mecanizado, ahora apoltronado en las rocosas laderas de un monte cubierto casi siempre de helada niebla y pertinaz llovizna- por radio, después de hablar con el general en Puerto Argentino.
Pescando pasaban horas memorables, de nuevo, de las pocas que conseguían ser horas plenas, un tiempo como signado por la pesadumbre, que flotaba como un denso nimbo sobre los tres, que sintiéndose amigos, sabiéndose portadores de un juramento común, como perpetuadores de una estirpe entre la que se mantenían como jalones refulgentes, los caídos, los que ya no estaban, y así rehuían de las vivencias que los hermanaban, fundidos por el lacerante lazo de silencio, que casi ni entre ellos rompían. Sólo a veces, mientras alguno -reconcentrado en la boya para detectar el más minúsculo movimiento, ensimismado y con un recuerdo a flor de labios- lo murmuraba para el resto, como una plegaria expiada al olvido, destinada a no ser oída, relegada a perderse en la sombra del pasado. Y sólo si, tal vez el flaco o Gustavo o él escuchaban, como de casualidad, y si tenían ganas de tomar el hilo del sentir, lo seguían y el recuerdo se desplegaba, fluido, como si las cosas pasadas volvieran impenitentes del horizonte de la muerte y de los muertos. Entonces sí, allí todos recordaban y lo compartían. ¿Te acordás? Quizás alguna risotada, qué loco el cabo Cifuente, que recorría los puestos con el sable bayoneta calado, con la culata del fusil apoyada en la cadera, casi agazapado, observándolos en su puesto, generalmente recolectando una mirada de desganado desprecio por lo fútil del gesto, como si de un inútil pavonearse se tratara, ¡que no estamos para esas huevadas! se decían, para ellos mismos, recelando en secreto que el muy torpe no fuera, alguna vez –como luego se enteraron, indignados ya había pasado- a írsele un cohetazo contra alguno de ellos. Porque seguro que, en la noche, un ganso de estos le dispara a la primera sombra, sin detenerse en si es de los nuestros o es inglés. Y el flaco Testa, cambiando las carnadas de lombrices, con su gorro de campaña, que le habían visto iguales a los soldados sudafricanos que aparecían invadiendo no sé que país fronterizo allá en África, ¡allá también siempre con quilombos! Con su nariz redondeada, los ojos buenazos, flaco y desgarbado aún, como cuando habían terminado la instrucción ese primer verano. Y como lo recordaban también doblado de frío, bajo la llovizna helada entre las rocas, con la mirada perdida al este, casi todas las tardes de mayo, tiritando, como imaginando a esa flota que se adivinaba allá lejos, asesina. El flaco con la carnada en la mano, contestando el contrapunto de alguna perdida anécdota. Y no mucho más era lo que recordaba de las contadas ocasiones en que se había roto el muro de silencio. Los milicos les habían impuesto la campana “del jefe y Maxwell Smart en CONTROL”, bromeaban, para que no hablaran de nada de todo aquello. ¡Qué gracioso!, pero ellos acataban y callaban. Sin embargo, era sólo en la ceremonia de la pesca en la que se propiciaba entre ellos la remembranza, abriéndose paso por sobre el tabique de mutismo.
Se repite el descubrirse allí sentado, embelesado, como flotando en un fluir de cavilaciones Cree que es un mecanismos de defensa que ha desarrollado y que experimenta con cierto extasiado placer, desde hace un tiempo. Establece ensimismados recorridos mentales que lo alejan momentáneamente de las circunstancias presentes y lo depositan en un limbo meditativo, donde se desenmarañan muchos obstáculos que lo aprisionan rutinariamente. Lo acomete una sensación de evadirse, placentera, agradable, y lo traslada hacia escondrijos donde seilumina franjas sombrías de lo que es.
Un fugitivo vuelo desde la esquina de abulia alcohólica en el bar de Lanús, hacia la ya recalcitrante reunión en lo de Girotti, el jefe de su mujer. Se detiene en ella. El ensueño quimérico se pone en viaje, reposado, fugaz. Piensa en llevársela ya mismo, a su departamento, sentada sobre sus rodillas, en el colectivo, en un asiento de a uno, su torso elegante sostenido por detrás, la espalda erguida, el pecho opulento flotando sobre el suyo, el pelo recogido y los aros de argollas gigantes coronando su intensa belleza, aplicándole húmedos besos sobre la comisuras de los labios, a él, que finge desentenderse mientras la deja hacer, llevándolo a extremos de excitación, que culminarán explosivos, derramándose dentro de ella, sobre su cama, con las persianas bajas, con el silencio del hogar sorprendido por la intempestiva entrada de los furibundos amantes. En vez de eso, una terca inercia lo detiene y lo relega a volverse silencioso testigo de las discusiones, mientras su impulso por escapar de allí hacia una lujuriosa tarde de amor se desvanece. Es como el estigma de su existencia, el dejarse habitar por esa inercia que lo controla, que lo conduce hacia la consumación de la rutinaria abulia, de la que emerge Sandra como extraño páramo de ardor, de plenitud y de energía. Y eso es justamente lo que lo asusta de la relación, el no tenerse confianza, a no poder sostener el interés que ella siente en él, un interés que sigue presentándosele primoroso, que no desfallece, que lo confunde.
Un muro de mutismo se convoca en su cabeza, allí sentado en casa de Girotti, abstrayéndose de la animada plática. Un alambrado de congoja por los amigos, por Alfredo, por los pibes de la patrulla que iban hasta el Wall, por entre las escarpadas hileras de rocas. Lo que parecía una suave ondulación, bajando del cerro, hacia el norte, era un atolladero de estribaciones a las que había que rodear trabajosamente, doblándose los tobillos, trastabillando con el fusil a cuestas, para luego hundirse en la esponjosa alfombra de turba, empapada y floja, cubierta de pastizales. Si con Alfredo les tocó varias veces ir de patrullas, tres o cuatro veces, comenzado mayo, hasta las cercanía del mar, en Fresinet. Y ahora, todos esos pibes estaban muertos, Ayala, Ribonetto, el colorado Roeninger y Alfredo Insúa. Y él junto al resto, atrapados en una red de silencios, obligada, autoinducida. No vayan a hablar de lo que pasó, puede haber graves consecuencias para el que rompa el silencio, incluso para la familia, les dijeron en la cuadra de la compañía, en el regimiento, antes de devolverles la libreta y volverlos a la silenciosa libertad, muda a los recuerdos que se abroquelan palpitantes por salir.
Y ahora con esa dulce chica, las charlas simples, apacibles las charlas y su tono, la mirada plena y que da confianza, que lo deja ir largándose, abriéndose, de a poco. Hasta llegó a contarle algunas cosas, cosas que sólo a veces tiene reservadas para hablarlas con Gustavo y el flaco, cuando van a pescar al río Salado. En la orilla del río, las playas barrosas, las botas llenas de fango hasta donde comienzan los pantalones. La alharaca de ir sacando los pejerreyes que se van cebando a medida que salen, atiborrados por sus propias escamas, y su propia carne al ser desprendidos de los anzuelos, los mismos que les quitan la vida, y que los alborotan y los enervan en seguir el pique, y que a los pescadores entusiasma, perdiéndolos sin meditaciones en la febril actividad, que de última sólo había sido pensada para distraerse, para alejar los recuerdos que vuelven, insistentes. Y el flaco Testa es un maestro de la pesca, se sabe todos los trucos: que la distancia de las boyas hasta los anzuelos, que los ángulos de las agujas de esas pequeñas garras que se roban a los plateados peces del agua de acuerdo a la profundidad a la que flota la boya, que el color amarillo o el rojo de acuerdo a la hora del día. Si hasta el peso de la caña influye, y el flaco lo cuida y lo calcula por sus compañeros de osadía, sugiriendo ésta o aquella caña, con cariñoso celo, de acuerdo a la contextura de Gustavo o de Julián, en el barro, en las orillas fangosas, todos pertrechados convenientemente. El flaco le da a Julián la sensación de que la pesca es una verdadera ciencia, una ciencia práctica, de aquellas que provienen de la larga experimentación y la sabiduría de todas las generaciones de humanos acumuladas, el pertrecho de la tecnología de supervivencia de la especie, personificada en una persona que acumula en sí las destrezas de una raza. Al menos, acumulada en la prosapia de la familia Testa, se dice Julián. Y el flaco que tan experto y sabio en las lides de la pesca, no puede con su alma, pobre. Y fuma como un escuerzo, tres paquetes de negros, Imparciales. Que ya fumaba en la colimba, y cuando se iban de franco lo tenían que aguantar en la estación del tren para que fuera al quiosco, donde se compraba de a dos atados. Y en las Islas, durante la espera, parecía que succionaba oxigeno de la esperanza a través de los cigarrillos, siempre ansioso de las noticias que traía el gordo Oviedo, o de los informes que ninguno de ellos creía del jefe de sección, cuando venía de la carpa del capitán, que a la vez traía las últimas novedades que le pasaba el “teco” Benitez, el Jefe del regimiento, -un regimiento de infantería mecanizado, ahora apoltronado en las rocosas laderas de un monte cubierto casi siempre de helada niebla y pertinaz llovizna- por radio, después de hablar con el general en Puerto Argentino.
Pescando pasaban horas memorables, de nuevo, de las pocas que conseguían ser horas plenas, un tiempo como signado por la pesadumbre, que flotaba como un denso nimbo sobre los tres, que sintiéndose amigos, sabiéndose portadores de un juramento común, como perpetuadores de una estirpe entre la que se mantenían como jalones refulgentes, los caídos, los que ya no estaban, y así rehuían de las vivencias que los hermanaban, fundidos por el lacerante lazo de silencio, que casi ni entre ellos rompían. Sólo a veces, mientras alguno -reconcentrado en la boya para detectar el más minúsculo movimiento, ensimismado y con un recuerdo a flor de labios- lo murmuraba para el resto, como una plegaria expiada al olvido, destinada a no ser oída, relegada a perderse en la sombra del pasado. Y sólo si, tal vez el flaco o Gustavo o él escuchaban, como de casualidad, y si tenían ganas de tomar el hilo del sentir, lo seguían y el recuerdo se desplegaba, fluido, como si las cosas pasadas volvieran impenitentes del horizonte de la muerte y de los muertos. Entonces sí, allí todos recordaban y lo compartían. ¿Te acordás? Quizás alguna risotada, qué loco el cabo Cifuente, que recorría los puestos con el sable bayoneta calado, con la culata del fusil apoyada en la cadera, casi agazapado, observándolos en su puesto, generalmente recolectando una mirada de desganado desprecio por lo fútil del gesto, como si de un inútil pavonearse se tratara, ¡que no estamos para esas huevadas! se decían, para ellos mismos, recelando en secreto que el muy torpe no fuera, alguna vez –como luego se enteraron, indignados ya había pasado- a írsele un cohetazo contra alguno de ellos. Porque seguro que, en la noche, un ganso de estos le dispara a la primera sombra, sin detenerse en si es de los nuestros o es inglés. Y el flaco Testa, cambiando las carnadas de lombrices, con su gorro de campaña, que le habían visto iguales a los soldados sudafricanos que aparecían invadiendo no sé que país fronterizo allá en África, ¡allá también siempre con quilombos! Con su nariz redondeada, los ojos buenazos, flaco y desgarbado aún, como cuando habían terminado la instrucción ese primer verano. Y como lo recordaban también doblado de frío, bajo la llovizna helada entre las rocas, con la mirada perdida al este, casi todas las tardes de mayo, tiritando, como imaginando a esa flota que se adivinaba allá lejos, asesina. El flaco con la carnada en la mano, contestando el contrapunto de alguna perdida anécdota. Y no mucho más era lo que recordaba de las contadas ocasiones en que se había roto el muro de silencio. Los milicos les habían impuesto la campana “del jefe y Maxwell Smart en CONTROL”, bromeaban, para que no hablaran de nada de todo aquello. ¡Qué gracioso!, pero ellos acataban y callaban. Sin embargo, era sólo en la ceremonia de la pesca en la que se propiciaba entre ellos la remembranza, abriéndose paso por sobre el tabique de mutismo.
lunes, 11 de enero de 2010
LAMENTABLE NOTICIA
lunes 11 de enero de 2010
SE SUICIDO EL CAMARADA JULIO SANTIAGO CALHUANTE
Fuente: Asociación Civil Paracaidistas de Malvinas y Otras Armas por intermedio de su Presidente. el compañero Roberto Michel - Jorge Torreta (Agrupación TOAS 82).
LOS CAMARADAS DE LA PCIA DE SGO DEL ESTERO, les hacen llegar el mas sentido pesame a los familiares, amigos y camaradas del compañero Julián Santiago Calhuante (Destacamento de Exploracion 181 de Caballería Blindada) quién tomó la dramática determinación de quitarse la vida. Nuestro reconocimiento y respeto a este camarada que cansado del abandono por parte del estado tomo la drastica determinacion de quitarse la vida. EN ESTAS HORAS DIFICILES QUE NOS TOCA VIVIR LA UNIDAD Y EL ENTENDIMIENTO DEBEN PRIMAR SOBRE TODA ACCION .
DANIEL CARRIZO
ASOCIACION 2 DE ABRIL
SGO DEL ESTERO
SE SUICIDO EL CAMARADA JULIO SANTIAGO CALHUANTE
Fuente: Asociación Civil Paracaidistas de Malvinas y Otras Armas por intermedio de su Presidente. el compañero Roberto Michel - Jorge Torreta (Agrupación TOAS 82).
LOS CAMARADAS DE LA PCIA DE SGO DEL ESTERO, les hacen llegar el mas sentido pesame a los familiares, amigos y camaradas del compañero Julián Santiago Calhuante (Destacamento de Exploracion 181 de Caballería Blindada) quién tomó la dramática determinación de quitarse la vida. Nuestro reconocimiento y respeto a este camarada que cansado del abandono por parte del estado tomo la drastica determinacion de quitarse la vida. EN ESTAS HORAS DIFICILES QUE NOS TOCA VIVIR LA UNIDAD Y EL ENTENDIMIENTO DEBEN PRIMAR SOBRE TODA ACCION .
DANIEL CARRIZO
ASOCIACION 2 DE ABRIL
SGO DEL ESTERO
sábado, 2 de enero de 2010
CAPÍTULO IV
Julián se afloja en su silla, aposentado relajadamente. Esa mujer –evoca y se aleja en cavilaciones discurriendo ensimismado. Sandra. La cara redondeada en la frente, un alargado contorno del rostro hacia el mentón, armonioso, la boca carnosa y sugerente, los ojos marrones y límpidos, el cabello negro, cayendo con suavidad en delicados bucles, antes de los hombros. Y esa mirada inquisidora y concentrada en él, aun cuando se ven desde lejos. Ella no le pierde la vista, no deja de mirarlo hasta que están los dos frente a frente. Él piensa para sí, cada vez que la sigue con la vista, al acercársele, que ella se pregunta ¿te vuelvo loco, no? Esa es una duda que tiene, que cree confirmar cuando, sin quitar los ojos de los suyos, ella lo besa amplia y voluptuosa, en cada encuentro. Posiblemente eso no sea real, pero forma parte del misterio que los une, que a Julián lo fascina de aquella mujer, que parece tan entregada a él, y que en él siempre recrea sus debilidades, sus dudas, que refuerza sus zonas sombrías. ¿Por qué no le alcanza nunca con que ella lo diga, lo reafirme constantemente? Lo quiere, lo ama.
Si al final de toda esta charla se trata de que a uno no lo reconozcan, no por nada. Uno se gana, cree de manera precaria Julián, que lo reconozcan o no. Julián cree todo de manera precaria. Precaria, provisional –piensa- porque es como una fórmula fácil, como decirse a sí mismo que las cosas son como son por leyes impuestas, vaya a saber por qué cósmica determinación. Y eso lo hablan siempre con Sandra, lo discuten, él cree que por un ciego voluntarismo de ella, que parece coincidir con la testarudez del flaco Testa, cándidos piadosos creyentes en la bondad humana.
Y han discutido también eso, en esas reuniones a las que han ido con Sandra, a lo de su jefe, a lo de Girotti, el profesor titular de la cátedra donde trabaja Sandra. ¡Ese es un reconocimiento bien ganado! ¡El reconocimiento de la sociedad y del Estado es impostergable! –dice Girotti a quién lo quiera escuchar en su casa, mientras lo busca a Julián de interlocutor. Lo mismo piensa Julián. Vale la pena que lo reconozcan a uno, como lo reconoce Girotti, un tipo de calvicie avanzada al que le crecen unos vigorosos pelos blancos a los costados de la cabeza y en la parte posterior del cráneo, lo que junto con los lentes de grueso armazón negro, y un aire de intelectual convencido, le dan una digna apariencia de catedrático siempre apoltronado en el cenáculo de las razones sólidas. Pero, mientras tanto –Julián no puede con su introspectiva ironía- ¡marche preso!
Girotti, desde que lo conoce, siempre se interesó por aquella empresa que el ahora repartidor de vinos considera una breve y casi insignificante historia, la de una guerra que aún no cesa en algunas memorias. La de Girotti, y la de Sandra, la de ese grupo que se reúne en la casa del profesor a discutir efusivamente la realidad nacional, junto con temas relacionados con sus asuntos académicos.
Asisten a esas reuniones en las que a Julián, Girotti le parece excesivamente interesado en un tema que él bloquea casi espontáneamente, relegado a las sombras de un acontecer taciturno. Eso es lo que Julián considera que se ha convertido su vida, sombras motejadas por claros de cotidianeidad macilenta y previsible. Pero si es simplemente un obrero, hijo de obrero, con aspiraciones de obrero, quizás especializado, luego de haber terminado satisfactoriamente la escuela técnica. Para sobrellevar su tara ha simulado tener interés en la academia, anotándose en la facultad, con rendimientos mediocres en la carrera de letras –aunque es un lector voraz, siempre anhelante de nuevos autores y títulos-, la misma que su novia va a terminar con honores, casi meteóricamente, cautivando a su profesores, motivando a Girotti a tenerla en su plantel de ayudantes, casi deslumbrado al recibir en persona una demostración brillante de un examen final de Literatura Argentina. Es la procesión interna de un individuo que siente que los méritos que tiene son desechables, que va buscando convencerse a sí mismo de su constitución de hombre gris, mediocre, a veces contradicho por arranques de efusividad intelectual, o esplendor especulativo. ¿Quizás con eso se engaña Sandra? Lo considera más de los que realmente es, o al menos es más cómodo para Julián autoconvencerse en ese panorama que le asegura bajo perfil. Aunque esa vez Girotti ha afirmado algo -su jefe ha conminado a Sandra para que acuda con su compañero-, que lo ha dejado admirado al ex soldado al escucharlo: la de esa guerra, es la historia de muchas guerras. Una guerra y tantas guerras como ex soldados han peleado en ella, los que ahora son relegados a una omisión criminal.
Esto es lo que lo pone nervioso de las reuniones en casa de Girotti. Transformarse, como en aquel almuerzo -con un asado excelente, muestra del buen gusto y la posición económicamente holgada del profesor-, en el centro, por momentos, de una charla que se convierte en discusión acerca de geopolítica, acerca de la historia del país y las sucesivas debacles que lo han barrido, con epicentro en la guerra de Malvinas. Y ahí la mirada de Girotti, con la dulce mirada de Sandra que tiene tendencia a tomarle la mano, que percibe genuinamente afectada, conmovida por las respuestas que salen de su boca, entrecortadas, que tardan en llegar como recelando de sentirse protagonista. Si en definitiva es eso, en última instancia el lugar que tienen los ex soldados es el justo y adecuado a la idiosincrasia de este país. Relegar a los protagonistas, autocomplacerse en ser ciudadanos de la indiferencia, ocultar y callar a los testigos, son actitudes patentes del imaginario social en los dramas de los desaparecidos y de los ex combatientes. Como si fuera posible establecer un épica de la derrota. Los rendidos, los muertos, los derrotados, están sometidos a un silencio obligado, monolítico, ocultos en el cofre de la ignominia. No son siquiera heridas, no han siquiera rasgado el velo de la abulia imbécil de una sociedad adormilada en sus insignificancias.
Reflexiona Julián acerca de lo que se debate en aquel círculo intelectual, del que forma parte como testigo entusiasta e incómodo a la vez. En verdad, qué tremendas consecuencias de tamaña e imbécil osadía. Si era verdad que a finales de 1981 los ingleses habían amenazado a la administración “kelper” de que los dejarán solos si continúan con sus intemperantes, intransigentes y anacrónicas demandas ante el gobierno de Londres para obtener atenciones especiales y su autodeterminación. Sí que es verosímil lo que ahora allí comentan, que Rex Hunt, el gobernador de las Islas ha sido increpado por el canciller inglés a abandonar la letanía del reclamo isleño. En tanto las consecuencias de la política inglesa se cumplieran, la soberanía terminaría cayendo por inercia sobre Argentina. Son tipos fiables los que lo plantean, algunos hasta son diplomáticos, intelectuales de lo más graneado que concurren a la casa de Girotti. Estos tipos están muy informados –se dice para sus adentros Julián, que escucha con atención los razonamientos acerca de geopolítica. Sí, quizás estar rodeado de tantos eminentes personajes es lo que lo cohíbe a Julián, y el verse interpelado a contar facetas de su vida en aquel círculo. Pero, qué tremendo, si realmente esas hipótesis, que se verifican fiables, han sido realmente las que fueron desechadas por una dictadura sangrienta, obligada a dar un manotazo de ahogado, utilizándolos de carnada. Y, sí, desde ya que ha visto morir compañeros –responde sin entusiasmo-, aunque él no resultó herido, no. En verdad, cuando empiezan con esas preguntas, tiene ganas de agarrar a su novia de la mano y llevársela inmediatamente. Seguro que ella lo va a entender. Además de poder alegar estar bajo los efectos de un shock emocional para evitar todas esas preguntas lacerantes que lo motivan. Las escenas terribles de aquella noche en la que ya se preanunciaba la ofensiva final del “3 para”, eso lo supo después, si total para qué saber contra qué unidad se va a pelear, si lo que ellos y los enemigos querían, era simplemente eliminarse entre sí. La multitud de salvas de artillería inglesa caían sobre la línea de morteros avanzada, en las primeras estribaciones ubicadas al sur oeste del monte. Los cables de telefonía que unían las comunicaciones del regimiento y de la sección de infantes de marina que estaban adscriptos a él fueron cortados rápidamente por el vendaval de fuego y esquirlas que les caía encima. Pronto los misiles y las municiones comenzaron a zumbarle encima del casco. El flaco Testa y él se calaron el birrete y el pasamontañas, respectivamente. En la oscuridad de su refugio con el techo de chapa, que a esa hora ya hacía caer gotas de condensación sobre ellos escucharon el primer estampido del FAL de Gustavo que les disparaba a las figuras humanas que se movían hacia ellos a unas decenas de metros. La voz del colorado Roeniger exclamó un desgarrador grito, que iba a ser el de su final. Ese alarido quedó flotando por el resto de la noche en su conciencia, mientras las horas pasaron en un frenesí de llamas, luces de bengalas que iluminaban el campo y dejaban ver los estentores de una batalla que consumía salvaje las vidas de propios y extraños. Pero prefirió abandonar esos recuerdos porque repentinamente sintió que ellos lo conducían a uno de sus frecuentes ataques de asma que le quitaban la respiración y le hacían andar con un inhalador permanentemente en el bolsillo
Julián se afloja en su silla, aposentado relajadamente. Esa mujer –evoca y se aleja en cavilaciones discurriendo ensimismado. Sandra. La cara redondeada en la frente, un alargado contorno del rostro hacia el mentón, armonioso, la boca carnosa y sugerente, los ojos marrones y límpidos, el cabello negro, cayendo con suavidad en delicados bucles, antes de los hombros. Y esa mirada inquisidora y concentrada en él, aun cuando se ven desde lejos. Ella no le pierde la vista, no deja de mirarlo hasta que están los dos frente a frente. Él piensa para sí, cada vez que la sigue con la vista, al acercársele, que ella se pregunta ¿te vuelvo loco, no? Esa es una duda que tiene, que cree confirmar cuando, sin quitar los ojos de los suyos, ella lo besa amplia y voluptuosa, en cada encuentro. Posiblemente eso no sea real, pero forma parte del misterio que los une, que a Julián lo fascina de aquella mujer, que parece tan entregada a él, y que en él siempre recrea sus debilidades, sus dudas, que refuerza sus zonas sombrías. ¿Por qué no le alcanza nunca con que ella lo diga, lo reafirme constantemente? Lo quiere, lo ama.
Si al final de toda esta charla se trata de que a uno no lo reconozcan, no por nada. Uno se gana, cree de manera precaria Julián, que lo reconozcan o no. Julián cree todo de manera precaria. Precaria, provisional –piensa- porque es como una fórmula fácil, como decirse a sí mismo que las cosas son como son por leyes impuestas, vaya a saber por qué cósmica determinación. Y eso lo hablan siempre con Sandra, lo discuten, él cree que por un ciego voluntarismo de ella, que parece coincidir con la testarudez del flaco Testa, cándidos piadosos creyentes en la bondad humana.
Y han discutido también eso, en esas reuniones a las que han ido con Sandra, a lo de su jefe, a lo de Girotti, el profesor titular de la cátedra donde trabaja Sandra. ¡Ese es un reconocimiento bien ganado! ¡El reconocimiento de la sociedad y del Estado es impostergable! –dice Girotti a quién lo quiera escuchar en su casa, mientras lo busca a Julián de interlocutor. Lo mismo piensa Julián. Vale la pena que lo reconozcan a uno, como lo reconoce Girotti, un tipo de calvicie avanzada al que le crecen unos vigorosos pelos blancos a los costados de la cabeza y en la parte posterior del cráneo, lo que junto con los lentes de grueso armazón negro, y un aire de intelectual convencido, le dan una digna apariencia de catedrático siempre apoltronado en el cenáculo de las razones sólidas. Pero, mientras tanto –Julián no puede con su introspectiva ironía- ¡marche preso!
Girotti, desde que lo conoce, siempre se interesó por aquella empresa que el ahora repartidor de vinos considera una breve y casi insignificante historia, la de una guerra que aún no cesa en algunas memorias. La de Girotti, y la de Sandra, la de ese grupo que se reúne en la casa del profesor a discutir efusivamente la realidad nacional, junto con temas relacionados con sus asuntos académicos.
Asisten a esas reuniones en las que a Julián, Girotti le parece excesivamente interesado en un tema que él bloquea casi espontáneamente, relegado a las sombras de un acontecer taciturno. Eso es lo que Julián considera que se ha convertido su vida, sombras motejadas por claros de cotidianeidad macilenta y previsible. Pero si es simplemente un obrero, hijo de obrero, con aspiraciones de obrero, quizás especializado, luego de haber terminado satisfactoriamente la escuela técnica. Para sobrellevar su tara ha simulado tener interés en la academia, anotándose en la facultad, con rendimientos mediocres en la carrera de letras –aunque es un lector voraz, siempre anhelante de nuevos autores y títulos-, la misma que su novia va a terminar con honores, casi meteóricamente, cautivando a su profesores, motivando a Girotti a tenerla en su plantel de ayudantes, casi deslumbrado al recibir en persona una demostración brillante de un examen final de Literatura Argentina. Es la procesión interna de un individuo que siente que los méritos que tiene son desechables, que va buscando convencerse a sí mismo de su constitución de hombre gris, mediocre, a veces contradicho por arranques de efusividad intelectual, o esplendor especulativo. ¿Quizás con eso se engaña Sandra? Lo considera más de los que realmente es, o al menos es más cómodo para Julián autoconvencerse en ese panorama que le asegura bajo perfil. Aunque esa vez Girotti ha afirmado algo -su jefe ha conminado a Sandra para que acuda con su compañero-, que lo ha dejado admirado al ex soldado al escucharlo: la de esa guerra, es la historia de muchas guerras. Una guerra y tantas guerras como ex soldados han peleado en ella, los que ahora son relegados a una omisión criminal.
Esto es lo que lo pone nervioso de las reuniones en casa de Girotti. Transformarse, como en aquel almuerzo -con un asado excelente, muestra del buen gusto y la posición económicamente holgada del profesor-, en el centro, por momentos, de una charla que se convierte en discusión acerca de geopolítica, acerca de la historia del país y las sucesivas debacles que lo han barrido, con epicentro en la guerra de Malvinas. Y ahí la mirada de Girotti, con la dulce mirada de Sandra que tiene tendencia a tomarle la mano, que percibe genuinamente afectada, conmovida por las respuestas que salen de su boca, entrecortadas, que tardan en llegar como recelando de sentirse protagonista. Si en definitiva es eso, en última instancia el lugar que tienen los ex soldados es el justo y adecuado a la idiosincrasia de este país. Relegar a los protagonistas, autocomplacerse en ser ciudadanos de la indiferencia, ocultar y callar a los testigos, son actitudes patentes del imaginario social en los dramas de los desaparecidos y de los ex combatientes. Como si fuera posible establecer un épica de la derrota. Los rendidos, los muertos, los derrotados, están sometidos a un silencio obligado, monolítico, ocultos en el cofre de la ignominia. No son siquiera heridas, no han siquiera rasgado el velo de la abulia imbécil de una sociedad adormilada en sus insignificancias.
Reflexiona Julián acerca de lo que se debate en aquel círculo intelectual, del que forma parte como testigo entusiasta e incómodo a la vez. En verdad, qué tremendas consecuencias de tamaña e imbécil osadía. Si era verdad que a finales de 1981 los ingleses habían amenazado a la administración “kelper” de que los dejarán solos si continúan con sus intemperantes, intransigentes y anacrónicas demandas ante el gobierno de Londres para obtener atenciones especiales y su autodeterminación. Sí que es verosímil lo que ahora allí comentan, que Rex Hunt, el gobernador de las Islas ha sido increpado por el canciller inglés a abandonar la letanía del reclamo isleño. En tanto las consecuencias de la política inglesa se cumplieran, la soberanía terminaría cayendo por inercia sobre Argentina. Son tipos fiables los que lo plantean, algunos hasta son diplomáticos, intelectuales de lo más graneado que concurren a la casa de Girotti. Estos tipos están muy informados –se dice para sus adentros Julián, que escucha con atención los razonamientos acerca de geopolítica. Sí, quizás estar rodeado de tantos eminentes personajes es lo que lo cohíbe a Julián, y el verse interpelado a contar facetas de su vida en aquel círculo. Pero, qué tremendo, si realmente esas hipótesis, que se verifican fiables, han sido realmente las que fueron desechadas por una dictadura sangrienta, obligada a dar un manotazo de ahogado, utilizándolos de carnada. Y, sí, desde ya que ha visto morir compañeros –responde sin entusiasmo-, aunque él no resultó herido, no. En verdad, cuando empiezan con esas preguntas, tiene ganas de agarrar a su novia de la mano y llevársela inmediatamente. Seguro que ella lo va a entender. Además de poder alegar estar bajo los efectos de un shock emocional para evitar todas esas preguntas lacerantes que lo motivan. Las escenas terribles de aquella noche en la que ya se preanunciaba la ofensiva final del “3 para”, eso lo supo después, si total para qué saber contra qué unidad se va a pelear, si lo que ellos y los enemigos querían, era simplemente eliminarse entre sí. La multitud de salvas de artillería inglesa caían sobre la línea de morteros avanzada, en las primeras estribaciones ubicadas al sur oeste del monte. Los cables de telefonía que unían las comunicaciones del regimiento y de la sección de infantes de marina que estaban adscriptos a él fueron cortados rápidamente por el vendaval de fuego y esquirlas que les caía encima. Pronto los misiles y las municiones comenzaron a zumbarle encima del casco. El flaco Testa y él se calaron el birrete y el pasamontañas, respectivamente. En la oscuridad de su refugio con el techo de chapa, que a esa hora ya hacía caer gotas de condensación sobre ellos escucharon el primer estampido del FAL de Gustavo que les disparaba a las figuras humanas que se movían hacia ellos a unas decenas de metros. La voz del colorado Roeniger exclamó un desgarrador grito, que iba a ser el de su final. Ese alarido quedó flotando por el resto de la noche en su conciencia, mientras las horas pasaron en un frenesí de llamas, luces de bengalas que iluminaban el campo y dejaban ver los estentores de una batalla que consumía salvaje las vidas de propios y extraños. Pero prefirió abandonar esos recuerdos porque repentinamente sintió que ellos lo conducían a uno de sus frecuentes ataques de asma que le quitaban la respiración y le hacían andar con un inhalador permanentemente en el bolsillo
miércoles, 30 de diciembre de 2009
Excelente documental sobre el Reencuentro entre dos ex soldados combatientes: Miguel Savage y Roberto Maldonado
http://www.canaldoceblog.com.ar/index.php?option=com_content&task=view&id=1297&Itemid=42
martes, 29 de diciembre de 2009
La carta del Teniente David Tinker a su esposa, escrita a bordo de la fragata Glamorgan antes de recibir el ataque de un misil Exocet.
CITADO POR JUAN PABLO LERONDE
David Tinker - Ingleses que vieron la verdad
David Tinker - 25 años: muerto en el HMS Glamorgan el 12 de junio de 1982 por un misil Exocet MM-38 argentino
Su carta:
Querida Christine:
Es muy fácil comprender cómo se ha desatado la guerra: nuestra primera ministra se imaginó que era Churchill desafiando a Hitler, y la Marina la apoyó para obtener publicidad y popularidad rápidamente. Estoy seguro de que de esta destrucción sólo se beneficiarán Mrs. Tacher y los fabricantes de armas.
Lo que más me apena es que no hay causa para esta guerra, y si somos honestos, los argentinos son mucho más patriotas con respecto a las Malvinas que nosotros con las Falklands. Y lo que la primera ministra no comprende, es que los argentinos creen firmemente que las Malvinas son de ellos.
Han enviado contra nosotros pilotos en misiones suicidas, en viajes sin regreso, porque estamos fuera de su alcance, y eso que ellos no tienen helicópteros de rescate en el mar para recuperar después a los pilotos.
Los pilotos argentinos enfrentan cada día misiles antiaéreos de aplastante superioridad.
Realmente, la valentía de esos hombres demuestra que tienen mucho más que un tibio interés en estas islas.
Considerando la tragedia, la angustia, y el horror de las vidas perdidas, que han sido sacrificadas de buena gana por los políticos para tapar la ineptitud y necedad de su gobierno, considerando además los resultados en dolor, pérdidas económicas y pérdidas de buques para Gran Bretaña, me parece a mí que esta es la guerra más inútil que Gran Bretaña ha hecho en toda su historia.
Espero que todo esto termine pronto... Creo que los argentinos ya han demostrado honorablemente su valentía.
David Tinker a su mujer, durante la guerra de las Malvinas; días después moriría en combate.
Saludos, JPL.
http://ar.geocities.com/prensa_independiente6/A-4oct_2001.htm
Mi facebook ( donde tengo muchas fotos más de Malvinas ):
http://www.facebook.com/people/Juan-Pablo-Leronde/100000031826670?ref=search
Comentario del libro:
\"David Tinker era un joven marino inglés, de sólo veinticinco años de edad. Dueño de una cultura clásica, era profundamente inteligente y sensible. Escribía versos desde su infancia. Se encontraba a bordo del Glamorgan cuando fue enviado a combatir en las islas Malvinas. Desde allí escribió a su joven mujer, Christine, a sus padres y a sus amigos. Sus cartas contienen agudas reflexiones, expresadas con la sinceridad de la juventud. Como el poeta Yeats, no odiaba a quienes combatía. Antes bien, fue comprendiendo y reconociendo la injusticia de la guerra que se libraba \"por un principio entre dos dictaduras\", según su severo juicio crítico. El 12 de junio el último Exocet, disparado desde tierra, hizo blanco en el Glamorgan. Tinker perdió la vida, pero sus cartas siguieron llegando a Inglaterra. Hugh Tinker, padre de David, ha recopilado con cariño las cartas de su hijo. Constituyen un patético mensaje, un testimonio único, abonado por la trágica muerte del autor. Sus reflexiones perdurarán tanto como el recuerdo mismo de la guerra\".
David Tinker - Ingleses que vieron la verdad
David Tinker - 25 años: muerto en el HMS Glamorgan el 12 de junio de 1982 por un misil Exocet MM-38 argentino
Su carta:
Querida Christine:
Es muy fácil comprender cómo se ha desatado la guerra: nuestra primera ministra se imaginó que era Churchill desafiando a Hitler, y la Marina la apoyó para obtener publicidad y popularidad rápidamente. Estoy seguro de que de esta destrucción sólo se beneficiarán Mrs. Tacher y los fabricantes de armas.
Lo que más me apena es que no hay causa para esta guerra, y si somos honestos, los argentinos son mucho más patriotas con respecto a las Malvinas que nosotros con las Falklands. Y lo que la primera ministra no comprende, es que los argentinos creen firmemente que las Malvinas son de ellos.
Han enviado contra nosotros pilotos en misiones suicidas, en viajes sin regreso, porque estamos fuera de su alcance, y eso que ellos no tienen helicópteros de rescate en el mar para recuperar después a los pilotos.
Los pilotos argentinos enfrentan cada día misiles antiaéreos de aplastante superioridad.
Realmente, la valentía de esos hombres demuestra que tienen mucho más que un tibio interés en estas islas.
Considerando la tragedia, la angustia, y el horror de las vidas perdidas, que han sido sacrificadas de buena gana por los políticos para tapar la ineptitud y necedad de su gobierno, considerando además los resultados en dolor, pérdidas económicas y pérdidas de buques para Gran Bretaña, me parece a mí que esta es la guerra más inútil que Gran Bretaña ha hecho en toda su historia.
Espero que todo esto termine pronto... Creo que los argentinos ya han demostrado honorablemente su valentía.
David Tinker a su mujer, durante la guerra de las Malvinas; días después moriría en combate.
Saludos, JPL.
http://ar.geocities.com/prensa_independiente6/A-4oct_2001.htm
Mi facebook ( donde tengo muchas fotos más de Malvinas ):
http://www.facebook.com/people/Juan-Pablo-Leronde/100000031826670?ref=search
Comentario del libro:
\"David Tinker era un joven marino inglés, de sólo veinticinco años de edad. Dueño de una cultura clásica, era profundamente inteligente y sensible. Escribía versos desde su infancia. Se encontraba a bordo del Glamorgan cuando fue enviado a combatir en las islas Malvinas. Desde allí escribió a su joven mujer, Christine, a sus padres y a sus amigos. Sus cartas contienen agudas reflexiones, expresadas con la sinceridad de la juventud. Como el poeta Yeats, no odiaba a quienes combatía. Antes bien, fue comprendiendo y reconociendo la injusticia de la guerra que se libraba \"por un principio entre dos dictaduras\", según su severo juicio crítico. El 12 de junio el último Exocet, disparado desde tierra, hizo blanco en el Glamorgan. Tinker perdió la vida, pero sus cartas siguieron llegando a Inglaterra. Hugh Tinker, padre de David, ha recopilado con cariño las cartas de su hijo. Constituyen un patético mensaje, un testimonio único, abonado por la trágica muerte del autor. Sus reflexiones perdurarán tanto como el recuerdo mismo de la guerra\".
domingo, 27 de diciembre de 2009
Enlace a un blog afín a nuestra temática.
http://fuimosmovilizados.blogspot.com/2009/01/fuimos-movilizados-13.html
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