lunes, 11 de enero de 2010

LAMENTABLE NOTICIA

lunes 11 de enero de 2010
SE SUICIDO EL CAMARADA JULIO SANTIAGO CALHUANTE
Fuente: Asociación Civil Paracaidistas de Malvinas y Otras Armas por intermedio de su Presidente. el compañero Roberto Michel - Jorge Torreta (Agrupación TOAS 82).
LOS CAMARADAS DE LA PCIA DE SGO DEL ESTERO, les hacen llegar el mas sentido pesame a los familiares, amigos y camaradas del compañero Julián Santiago Calhuante (Destacamento de Exploracion 181 de Caballería Blindada) quién tomó la dramática determinación de quitarse la vida. Nuestro reconocimiento y respeto a este camarada que cansado del abandono por parte del estado tomo la drastica determinacion de quitarse la vida. EN ESTAS HORAS DIFICILES QUE NOS TOCA VIVIR LA UNIDAD Y EL ENTENDIMIENTO DEBEN PRIMAR SOBRE TODA ACCION .
DANIEL CARRIZO
ASOCIACION 2 DE ABRIL
SGO DEL ESTERO

sábado, 2 de enero de 2010

CAPÍTULO IV

Julián se afloja en su silla, aposentado relajadamente. Esa mujer –evoca y se aleja en cavilaciones discurriendo ensimismado. Sandra. La cara redondeada en la frente, un alargado contorno del rostro hacia el mentón, armonioso, la boca carnosa y sugerente, los ojos marrones y límpidos, el cabello negro, cayendo con suavidad en delicados bucles, antes de los hombros. Y esa mirada inquisidora y concentrada en él, aun cuando se ven desde lejos. Ella no le pierde la vista, no deja de mirarlo hasta que están los dos frente a frente. Él piensa para sí, cada vez que la sigue con la vista, al acercársele, que ella se pregunta ¿te vuelvo loco, no? Esa es una duda que tiene, que cree confirmar cuando, sin quitar los ojos de los suyos, ella lo besa amplia y voluptuosa, en cada encuentro. Posiblemente eso no sea real, pero forma parte del misterio que los une, que a Julián lo fascina de aquella mujer, que parece tan entregada a él, y que en él siempre recrea sus debilidades, sus dudas, que refuerza sus zonas sombrías. ¿Por qué no le alcanza nunca con que ella lo diga, lo reafirme constantemente? Lo quiere, lo ama.
Si al final de toda esta charla se trata de que a uno no lo reconozcan, no por nada. Uno se gana, cree de manera precaria Julián, que lo reconozcan o no. Julián cree todo de manera precaria. Precaria, provisional –piensa- porque es como una fórmula fácil, como decirse a sí mismo que las cosas son como son por leyes impuestas, vaya a saber por qué cósmica determinación. Y eso lo hablan siempre con Sandra, lo discuten, él cree que por un ciego voluntarismo de ella, que parece coincidir con la testarudez del flaco Testa, cándidos piadosos creyentes en la bondad humana.
Y han discutido también eso, en esas reuniones a las que han ido con Sandra, a lo de su jefe, a lo de Girotti, el profesor titular de la cátedra donde trabaja Sandra. ¡Ese es un reconocimiento bien ganado! ¡El reconocimiento de la sociedad y del Estado es impostergable! –dice Girotti a quién lo quiera escuchar en su casa, mientras lo busca a Julián de interlocutor. Lo mismo piensa Julián. Vale la pena que lo reconozcan a uno, como lo reconoce Girotti, un tipo de calvicie avanzada al que le crecen unos vigorosos pelos blancos a los costados de la cabeza y en la parte posterior del cráneo, lo que junto con los lentes de grueso armazón negro, y un aire de intelectual convencido, le dan una digna apariencia de catedrático siempre apoltronado en el cenáculo de las razones sólidas. Pero, mientras tanto –Julián no puede con su introspectiva ironía- ¡marche preso!
Girotti, desde que lo conoce, siempre se interesó por aquella empresa que el ahora repartidor de vinos considera una breve y casi insignificante historia, la de una guerra que aún no cesa en algunas memorias. La de Girotti, y la de Sandra, la de ese grupo que se reúne en la casa del profesor a discutir efusivamente la realidad nacional, junto con temas relacionados con sus asuntos académicos.
Asisten a esas reuniones en las que a Julián, Girotti le parece excesivamente interesado en un tema que él bloquea casi espontáneamente, relegado a las sombras de un acontecer taciturno. Eso es lo que Julián considera que se ha convertido su vida, sombras motejadas por claros de cotidianeidad macilenta y previsible. Pero si es simplemente un obrero, hijo de obrero, con aspiraciones de obrero, quizás especializado, luego de haber terminado satisfactoriamente la escuela técnica. Para sobrellevar su tara ha simulado tener interés en la academia, anotándose en la facultad, con rendimientos mediocres en la carrera de letras –aunque es un lector voraz, siempre anhelante de nuevos autores y títulos-, la misma que su novia va a terminar con honores, casi meteóricamente, cautivando a su profesores, motivando a Girotti a tenerla en su plantel de ayudantes, casi deslumbrado al recibir en persona una demostración brillante de un examen final de Literatura Argentina. Es la procesión interna de un individuo que siente que los méritos que tiene son desechables, que va buscando convencerse a sí mismo de su constitución de hombre gris, mediocre, a veces contradicho por arranques de efusividad intelectual, o esplendor especulativo. ¿Quizás con eso se engaña Sandra? Lo considera más de los que realmente es, o al menos es más cómodo para Julián autoconvencerse en ese panorama que le asegura bajo perfil. Aunque esa vez Girotti ha afirmado algo -su jefe ha conminado a Sandra para que acuda con su compañero-, que lo ha dejado admirado al ex soldado al escucharlo: la de esa guerra, es la historia de muchas guerras. Una guerra y tantas guerras como ex soldados han peleado en ella, los que ahora son relegados a una omisión criminal.
Esto es lo que lo pone nervioso de las reuniones en casa de Girotti. Transformarse, como en aquel almuerzo -con un asado excelente, muestra del buen gusto y la posición económicamente holgada del profesor-, en el centro, por momentos, de una charla que se convierte en discusión acerca de geopolítica, acerca de la historia del país y las sucesivas debacles que lo han barrido, con epicentro en la guerra de Malvinas. Y ahí la mirada de Girotti, con la dulce mirada de Sandra que tiene tendencia a tomarle la mano, que percibe genuinamente afectada, conmovida por las respuestas que salen de su boca, entrecortadas, que tardan en llegar como recelando de sentirse protagonista. Si en definitiva es eso, en última instancia el lugar que tienen los ex soldados es el justo y adecuado a la idiosincrasia de este país. Relegar a los protagonistas, autocomplacerse en ser ciudadanos de la indiferencia, ocultar y callar a los testigos, son actitudes patentes del imaginario social en los dramas de los desaparecidos y de los ex combatientes. Como si fuera posible establecer un épica de la derrota. Los rendidos, los muertos, los derrotados, están sometidos a un silencio obligado, monolítico, ocultos en el cofre de la ignominia. No son siquiera heridas, no han siquiera rasgado el velo de la abulia imbécil de una sociedad adormilada en sus insignificancias.
Reflexiona Julián acerca de lo que se debate en aquel círculo intelectual, del que forma parte como testigo entusiasta e incómodo a la vez. En verdad, qué tremendas consecuencias de tamaña e imbécil osadía. Si era verdad que a finales de 1981 los ingleses habían amenazado a la administración “kelper” de que los dejarán solos si continúan con sus intemperantes, intransigentes y anacrónicas demandas ante el gobierno de Londres para obtener atenciones especiales y su autodeterminación. Sí que es verosímil lo que ahora allí comentan, que Rex Hunt, el gobernador de las Islas ha sido increpado por el canciller inglés a abandonar la letanía del reclamo isleño. En tanto las consecuencias de la política inglesa se cumplieran, la soberanía terminaría cayendo por inercia sobre Argentina. Son tipos fiables los que lo plantean, algunos hasta son diplomáticos, intelectuales de lo más graneado que concurren a la casa de Girotti. Estos tipos están muy informados –se dice para sus adentros Julián, que escucha con atención los razonamientos acerca de geopolítica. Sí, quizás estar rodeado de tantos eminentes personajes es lo que lo cohíbe a Julián, y el verse interpelado a contar facetas de su vida en aquel círculo. Pero, qué tremendo, si realmente esas hipótesis, que se verifican fiables, han sido realmente las que fueron desechadas por una dictadura sangrienta, obligada a dar un manotazo de ahogado, utilizándolos de carnada. Y, sí, desde ya que ha visto morir compañeros –responde sin entusiasmo-, aunque él no resultó herido, no. En verdad, cuando empiezan con esas preguntas, tiene ganas de agarrar a su novia de la mano y llevársela inmediatamente. Seguro que ella lo va a entender. Además de poder alegar estar bajo los efectos de un shock emocional para evitar todas esas preguntas lacerantes que lo motivan. Las escenas terribles de aquella noche en la que ya se preanunciaba la ofensiva final del “3 para”, eso lo supo después, si total para qué saber contra qué unidad se va a pelear, si lo que ellos y los enemigos querían, era simplemente eliminarse entre sí. La multitud de salvas de artillería inglesa caían sobre la línea de morteros avanzada, en las primeras estribaciones ubicadas al sur oeste del monte. Los cables de telefonía que unían las comunicaciones del regimiento y de la sección de infantes de marina que estaban adscriptos a él fueron cortados rápidamente por el vendaval de fuego y esquirlas que les caía encima. Pronto los misiles y las municiones comenzaron a zumbarle encima del casco. El flaco Testa y él se calaron el birrete y el pasamontañas, respectivamente. En la oscuridad de su refugio con el techo de chapa, que a esa hora ya hacía caer gotas de condensación sobre ellos escucharon el primer estampido del FAL de Gustavo que les disparaba a las figuras humanas que se movían hacia ellos a unas decenas de metros. La voz del colorado Roeniger exclamó un desgarrador grito, que iba a ser el de su final. Ese alarido quedó flotando por el resto de la noche en su conciencia, mientras las horas pasaron en un frenesí de llamas, luces de bengalas que iluminaban el campo y dejaban ver los estentores de una batalla que consumía salvaje las vidas de propios y extraños. Pero prefirió abandonar esos recuerdos porque repentinamente sintió que ellos lo conducían a uno de sus frecuentes ataques de asma que le quitaban la respiración y le hacían andar con un inhalador permanentemente en el bolsillo

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Excelente documental sobre el Reencuentro entre dos ex soldados combatientes: Miguel Savage y Roberto Maldonado

http://www.canaldoceblog.com.ar/index.php?option=com_content&task=view&id=1297&Itemid=42

martes, 29 de diciembre de 2009

La carta del Teniente David Tinker a su esposa, escrita a bordo de la fragata Glamorgan antes de recibir el ataque de un misil Exocet.

CITADO POR JUAN PABLO LERONDE
David Tinker - Ingleses que vieron la verdad

David Tinker - 25 años: muerto en el HMS Glamorgan el 12 de junio de 1982 por un misil Exocet MM-38 argentino



Su carta:

Querida Christine:

Es muy fácil comprender cómo se ha desatado la guerra: nuestra primera ministra se imaginó que era Churchill desafiando a Hitler, y la Marina la apoyó para obtener publicidad y popularidad rápidamente. Estoy seguro de que de esta destrucción sólo se beneficiarán Mrs. Tacher y los fabricantes de armas.

Lo que más me apena es que no hay causa para esta guerra, y si somos honestos, los argentinos son mucho más patriotas con respecto a las Malvinas que nosotros con las Falklands. Y lo que la primera ministra no comprende, es que los argentinos creen firmemente que las Malvinas son de ellos.

Han enviado contra nosotros pilotos en misiones suicidas, en viajes sin regreso, porque estamos fuera de su alcance, y eso que ellos no tienen helicópteros de rescate en el mar para recuperar después a los pilotos.

Los pilotos argentinos enfrentan cada día misiles antiaéreos de aplastante superioridad.

Realmente, la valentía de esos hombres demuestra que tienen mucho más que un tibio interés en estas islas.

Considerando la tragedia, la angustia, y el horror de las vidas perdidas, que han sido sacrificadas de buena gana por los políticos para tapar la ineptitud y necedad de su gobierno, considerando además los resultados en dolor, pérdidas económicas y pérdidas de buques para Gran Bretaña, me parece a mí que esta es la guerra más inútil que Gran Bretaña ha hecho en toda su historia.

Espero que todo esto termine pronto... Creo que los argentinos ya han demostrado honorablemente su valentía.

David Tinker a su mujer, durante la guerra de las Malvinas; días después moriría en combate.

Saludos, JPL.

http://ar.geocities.com/prensa_independiente6/A-4oct_2001.htm




Mi facebook ( donde tengo muchas fotos más de Malvinas ):

http://www.facebook.com/people/Juan-Pablo-Leronde/100000031826670?ref=search
Comentario del libro:

\"David Tinker era un joven marino inglés, de sólo veinticinco años de edad. Dueño de una cultura clásica, era profundamente inteligente y sensible. Escribía versos desde su infancia. Se encontraba a bordo del Glamorgan cuando fue enviado a combatir en las islas Malvinas. Desde allí escribió a su joven mujer, Christine, a sus padres y a sus amigos. Sus cartas contienen agudas reflexiones, expresadas con la sinceridad de la juventud. Como el poeta Yeats, no odiaba a quienes combatía. Antes bien, fue comprendiendo y reconociendo la injusticia de la guerra que se libraba \"por un principio entre dos dictaduras\", según su severo juicio crítico. El 12 de junio el último Exocet, disparado desde tierra, hizo blanco en el Glamorgan. Tinker perdió la vida, pero sus cartas siguieron llegando a Inglaterra. Hugh Tinker, padre de David, ha recopilado con cariño las cartas de su hijo. Constituyen un patético mensaje, un testimonio único, abonado por la trágica muerte del autor. Sus reflexiones perdurarán tanto como el recuerdo mismo de la guerra\".

domingo, 27 de diciembre de 2009

Enlace a un blog afín a nuestra temática.

http://fuimosmovilizados.blogspot.com/2009/01/fuimos-movilizados-13.html

miércoles, 16 de diciembre de 2009

CAPÍTULO III

El trío peregrina por las calles en las que la luz del atardecer se extingue en su trayecto hacia la noche fría de otoño. Tres personajes aislados, ataviados con un manto de indolencia que los preserva de la indiferencia que perciben en el entramado social que los contiene. Poseen rituales que han ido erigiendo paulatinamente, a cuentagotas, rasgando cautelosos un retraimiento persistente. Son pequeñas liturgias que han ido instaurando en su retomada ligadura reservada con un universo aún hostil.
- Esta ciudad te ofende a cada paso, son todos zombies, están cada uno en sus cosas, cada quien metido en lo suyo, y nosotros somos como fantasmas, que no existimos antes, y menos ahora –dice Gerardo, el flaco Testa, los ojos vidriosos, irritados, las ojeras más pronunciadas que cuando se sentaron ocupando la esquina, en el bar de Lanús, ese lugar que los tiene de habitués.
- La verdad es que no quiero volver a ese tema, ya me empieza a dar igual –la intervención de Julián se monta sobre las palabras del flaco como dando por sentado que la recurrencia en volver a la cuestión de las Islas fuera una cosa que el flaco no puede dominar. Percibe que el silencio de Gustavo sostiene la posición consonante con el olvido, que el flaco siempre se empeña en quebrar- además, fijate que caemos en ese tema cuando escabiamos en esta puta esquina. Escarbiar con ustedes dos unas cervezas me cabe totalmente, pero volver a la temática del pasado cada vez me va menos.
Las palabras de Julián están impulsadas tanto por la cerveza que los tres han bebido -lo que los motiva a hablar, desinhibidos- como por un verdadero sentimiento de obstinada resignación, que choca con la constante alusión, por parte del flaco, a la guerra que los tres vivieron juntos.
- ¿Y en qué quedó todo ese tema que siempre charlábamos allá, en las noches en que nos quedábamos en vela, distrayéndonos de los cañonazos del “lechero”, en que decíamos que cuando terminara todo y volviéramos, nos íbamos a reunir, juntos de nuevo, para recordar, para ayudarnos entre todos, para comer asados, boludeces. De eso no quedó nada, sólo nosotros tres, que nos vemos para comernos una pizza y tomarnos unas birras o para ir a ver a Temperley – han comido una pizza y han tomado cinco cervezas entre los tres, puntillosamente ecuánimes en el cálculo de cuanto les toca a cada uno; en el haber del grupo está, también, el ser irregulares seguidores de Temperley, club del que el flaco es hincha, y del que sus dos amigos, infrecuentes aficionados al fútbol, se han vuelto acólitos- . Pero somos como parias, nadie nos da bola. Ni siquiera a los que quedaron hechos bosta alguien los considera.
- Yo creo que nunca nadie nos va a prestar atención por lo de la guerra –dice Julián, jugueteando con su jarra de vidrio grueso y barato, sobre la mesa de plástico de la pizzería de barrio, allí en Lanús-.
Se congregan en aquella esquina, donde cada tanto, quizás con la frecuencia de un mes y medio entre una reunión y otra. Alternan los encuentros con la concurrencia a algún desvencijado estadio de fútbol de la divisional “C”, en la que milita el club de los amores del Flaco, que congrega a esos tres ex – soldados y los ve dar cuenta de varios litros de cerveza rubia, Bieckert, en lo posible -por lo áspera y por lo barata, dice el flaco y en ello cifra su anodina preferencia-.
- Además, éste es un país –continúa Julián, con una leve pronunciación alcohólica- que no se si te ofende como vos decís, pero sí que funciona tapando su destino, borrando la historia de su gente, como anestesiándose a sí mismo. Será porque las cosas que hace la gente en este país nunca están bien hechas, o porque se hacen como se hizo la guerra, improvisadas, como tirándose un lance, a ver qué sale.
Las palabras de ese hombre joven están dichas como si él mismo se pusiera, en cierta medida, por fuera de aquellos acerca de quienes habla, como esbozando un diagnóstico elemental, sin recursos sociológicos, pero desde una distancia tal como la que pondría ante el objeto de estudio un sujeto investigador, que se visualiza a sí mismo por fuera de esa realidad que ausculta, tenuemente beodo.
- Y la mayoría de las veces sale una cagada –dice Gustavo, recostado en su silla de plástico, con el chopp de cerveza entre las dos manos, a medio vaciar. Yo también soy partidario de olvidarse, flaco.
- Si, ya los veo a los dos, dos conformistas –dice el Flaco sin ocultar que el alcohol lo ha herido, quizás tanto como a sus compañeros, pero sin hacerlo disimular el hecho, por el contrario, acentuándolo levemente-, la verdad es que ustedes son el resultado de una generación que está hecha para ser carne de cañón. Somos, pero yo es como que no me resigno, viejo. A mí me van a tener que mirar a los ojos y me van a tener que decir que se cagan en mí y en lo que hice. Porque la verdad es que me tiene podrido no saber qué fuimos a hacer a las Islas. Sí sé lo que hicimos, sé cómo nos cagaron a bombazos y a tiros, como nos humillaron y nos mataron. Sé los cargadores de FAL que vacié tirándoles a los ingleses. Sé bien cómo lo mataron a Alfredo, lo vi con mis propios ojos. Los vi muertos a Guillo, al colorado, al subteniente Naldi, que tiraba a pecho descubierto contra los ingleses, instándolos a seguir atacando, con los huevos que no habían visto en otro oficial, hasta que se escuchó sordo el proyectil que lo partió al medio y lo sepultó en su pozo de zorro su cuerpo abierto de pies y brazos. Pero no sé, y quiero que me lo digan en la cara, qué fuimos a hacer.
- Ya está, ya fue, Flaco –dice Gustavo- nunca nadie te va a dar una respuesta de ésas.
- No sé –dice el Flaco-, mirá que esa vez que fuimos a La Plata, ahí en la cancha de Gimnasia, ahí es como que nos sentimos todos unidos, reclamándoles a los milicos. Y qué hermosa sensación aquella vez, quizás por noviembre del `82, en que iba a ser uno de los primeros actos de reconocimiento, rompiendo el manto de secreto a que esos mismos milicos nos habían obligado. Una entrega de medallas, para todos los ex colimbas, que empezaban a llamarse a sí mismos ex-combatientes. Por primera vez nos veíamos las caras, incluso reconociéndonos con los que eran de otras unidades, el habernos visto en la concentración después de la rendición, en el aeropuerto. Estuvo buenísimo, fue como sentirme vivo de nuevo, cantándoles toda la tribuna, todos a un mismo salto, como si fuéramos una hinchada caliente, la hinchada del “gasolero” -como le dicen sus hinchas al club de su amores, el de la celesta camiseta, toda vez que, al igual que un motor diesel, comienza frío los partidos, y va tomando temperatura con los minutos, que es cuando encuentra su mejor performance-, que le canta la barra enemiga. ¿Te acordás? Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar. Y los milicos nos habían convocado para darnos una medalla de reconocimiento, juntando otra vez a los corderitos para mostrarles que les importaba un rábano, pero que, de magnánimos, nos entregaban un presente por el viaje y estadía en el país de nunca jamás, total, siguen siendo unos “pendejos” y los podemos llevar y traer de las narices. Pero se les volvió en contra a los pelotudos. Se les retobaron unos cuantos corderitos. Y el general ése, ¡qué boludo! Quería que se lo tragara la tierra. Y el sentimiento fue de alegría colectiva, de contención por compartir el momento de comunión insubordinada, justo delante de los milicos que nos habían organizado el acto para la entrega de medallas.
El Flaco se compenetra en su recuerdo entrelazado al relato que va fluyendo desde su voz, que reconstruye la espontánea gesta. Como si los cánticos surgieran de una voluntad colectiva, que los prendaba a todos de un ánimo de efervescencia en el cual el enemigo está claro, y está enfrente, allí abajo, de uniforme, tan claro como que eso que los une es como una hermandad que los hace potentes, que los fortalece y los dignifica, arrastrándolos lejos de la derrota que tienen metida en las venas, como si fuera lepra, carcomiéndolos. Y justo se viene a insubordinar la tropa, a la que antes habían encorsetado en la abstención de toda palabra sobre la guerra, en una ola de pulcra desmalvinización, compartida por los militares y por el status quo de políticos gobernantes.
Y después, yo creo –continuó el Flaco- que alguien empezó a organizarse, pero nosotros nos abrimos. ¿Y qué hacemos? A lo sumo nos juntamos a tomar cerveza, o me acompañan los dos a vera al “cele”. Pero de ahí a decir que ya está todo jugado, no me parece.
- Lo que yo veo –interviene cansinamente Julián- y lo siento desde que tengo uso de razón, es que aquí nosotros fuimos una vez más una suerte de experimento. Acá cualquiera que tiene poder, y luchan todos salvajemente por tenerlo, se cree habilitado para ensayar su propia receta de desastres con la gente. Cada uno ensaya su experimento privado, su demencia hecha plan de rescate del país. Pero, como vivimos en el reino de la impunidad, a cada uno de esos afiebrados dementes que toma el cetro y reina, con su séquito claro, no les queda ninguna responsabilidad por lo que hicieron. Entonces, nuevamente viene el siguiente candidato a emperador, con su staff de ávidos mandantes, y está habilitado nuevamente a poner en marcha la comprobación de que también será inmune a toda pena por el desastre cometido.
El flaco Testa permanece pensativo, como si las palabras de Julián hubieran discurrido como una brisa que se lleva la tirantez del ambiente. Gustavo se despereza con los brazos rodeando su cabeza, distendido y casi ausente. El propio Julián siente que ha descargado esa perorata en un confuso intento de establecer su propio diagnóstico para tanta resignación y tanta desidia como la que aprecia en sus congéneres.
- Bueno, además está el hecho de que vos estás de novio a pleno, Julián –Interrumpe el sopor de la pausa la desvaída voz del flaco.
- Vos también estás de novio, ¿eso qué tiene que ver?
- Lo mío es circunstancial –dice el flaco ahora mirándolo a Julián con sus cejas arqueadas, el pelo engominado, la camisa veraniega de tela fina y a finas rayas celestes sobre blanco mirándolo sereno, con la expresión del ebrio bonachón que se apresta a expresar una confesión-. Esa mina vale oro, ¿eh, Julián? A mí las mujeres no me duran nada. Cuando consigo enroscarme con alguna, nunca pasamos de los seis meses saliendo. Capaz que mejor. Mejor para ella –dice el flaco, adivinándose en su chanza el irónico contenido.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

CAPÍTULO II

CAPÍTULO II

Oviedo estaba instalado en la parrilla hacía 5 años. La había adquirió cuando dejó el ejército, ya harto de la rutina militar, a la que, sin embargo, le pareció estar acostumbrado desde antes de nacer, y quizás predestinado a sobrellevar de por vida. Hijo de un hachador del “Impenetrable”, el quinto de los once que llegaron a ser sus hermanos, perdidos en el monte chaqueño. Francisco Asdrúbal se trasladó a Resistencia, la capital de la provincia, de la mano de una tía que fue a buscarlo al rancho familiar. De su mano, a los 6 años comenzó la escuela y tuvo una educación de sobrino supernumerario en el poblado. La vida en la ciudad norteña le permitió al aún delgado peón en las cosechas de algodón avizorar el proyecto de “engancharse”, una vez realizado el servicio militar, en la carrera de suboficiales. Del 28 de Infantería de Monte al de Arana. Allí se conocerán con Julián y el resto de los muchachos que Oviedo está encargado de alimentar, pero recién toman nota el uno del otro en las Islas, donde el orondo sargento 1º lleva y trae las últimas novedades de la campaña, al tiempo que su muchas veces frío guiso tropero llena las alicaídas tripas de los infantes.
Las cavilaciones de Julián lo depositan en un suceso de aquel pasado, ya casi vetusto en su remembranza. Se oía el tableteo de la metralla y el seco estampido de los obuses de 105 milímetros, ¿de uno y de otro lado?, muy a lo lejos, como una letanía que dejaba oírse entre los silbidos persistentes del viento. Incluso las pasadas de los Harrier sobre ellos se hacían cada vez más frecuentes y agresivas, incluyendo barrerlos con metralla, un aditamento nuevo desde hacía unos días en la actitud de los aviadores ingleses, que hasta allí sólo habían efectuado pasadas de reconocimiento. Oviedo vino con la novedad de que se combatía en Darwin, cerca de San Carlos: la incógnita que tanto los había preocupado está develada. Los ingleses ya han desembarcado hace pocas horas –dijo el sargento primero cocinero, sus facciones y su osamenta flácidas por la grasa, al pie de la cocina de rancho a la que casi tres veces por semana había que cambiarle la garrafa, yendo al pueblo a buscar una- y me enteré de que les hundimos varios barcos. A Oviedo le contaba con profusión de detalles la seguidilla de hechos bélicos un capitán de arsenales, emplazado en Puerto Argentino. Los suministros alimentarios que el sargento cocinero debía ir a buscar le permitían granjearse los pormenores de los partes de guerra que llegaban por radio al comando, y que se filtraban en un profuso fluir de confidencias; pero también la política continental e isleña eran parte de ese murmullo informativo. Fue aquella vez, al pie del carro de cocina, cuando Julián, Gustavo, Alfredo, Gerardo Testa, Guillo, Monserrat y Luján, que habían bajado a la base del cerro en buscar su vianda caliente del día, escucharon por primera vez acerca de los combates cercanos a San Carlos, donde se produjo el desembarco enemigo. ¡Con razón el día anterior hubo tan tremendo movimiento! Dos Douglas A4 habían pasado por el callejón entre los cerros, casi tocando las piedras, como yendo hacia Puerto Argentino, hacia el Este, dejándolos helados por la impresión. No adivinaban que habían descargado sus bombas sobre algunas fragatas y destructores, aunque también en algún portacontenedor inglés, y justo el día del desembarco. Las máquinas estaban volviendo, dejando en el camino un par de compañeros, después de su raid destructivo. Bueno, de todas formas, teniendo al gordo éste que nos cuenta nos vamos enterando de lo que pasa y que los “milicos” no nos quieren contar, les dirá Alfredo a los del grupo que comparte la ocasión del racho –el que cada vez va consolidándose mas como grupo de apoyo en las tristes horas de la incierta espera.
- ¿Quiénes están allí de los nuestros, mi sargento primero? –preguntó Julián.
- Calculo que debe ser el 25 de Infantería, alguna compañía. Me dijeron mis fuentes –se jactaba el gordo- que tenemos una escuadrilla de Pucarás también. Esta mañana me informaron que les dimos con todo a la flota, que quedaron encajonados, servidos en bandeja para nuestros aviones.
- Entonces, quizás los paran para que no lleguen hasta acá – dijo el flaco Testa con la vista abstraída, perdida entre las nubes que se fundían con los montes cubiertos de bruma fría y húmeda, hacia la lengua de agua donde el mar recibe al Murrel- y capaz que todo se termina antes…
En la cavilación del chico de 19 años que había sido reconvocado a las filas de su regimiento, que había desembarcado el 14 de abril en Malvinas, se hacía evidente el pesar de aquella situación que, allí comprendía, estaba mucho más allá de cualquiera de sus peores expectativas. El flaco ya se había adaptado a la vida de oficinista que tenía en su flamante trabajo, conseguido en la secretaría de hacienda del Ministerio de Economía de la provincia. Sus dos primeros sueldos lo habilitaban para pensar en comprarse el auto. Nunca imaginaría que la obligación de volver a las filas del ejército traería aparejada –como una broma macabra- el tener que participar en una guerra que, evidentemente, ya estaba desatada. Sin embargo, Gerardo Testa, el “flaco”, aún seguía ensayando experimentos mentales que los alejaban, a todos ellos, de esa ominosa realidad que le transmitían sus sentidos. Ejercicios contrafácticos que le permitía aventurar aún en su imaginación, que todo aquello no dejaba de tratarse sólo de una mala interpretación.
- Jajaja… -sonó la risotada de Oviedo, que se hizo escuchar estentórea-. Andá practicando el aimsurrendo que el “inglés” Buchanan de la compañía “A” les enseñó a mis ayudantes de cocina -dijo bajando el pie que tenía apoyado en la estructura del carro de rancho a la vez que servía las marmitas de los famélicos que lo escuchaban sorprendidos. Para cuando lleguen los ingleses y los recibas con semejante cagazo -terminó burdamente con su sorna.
- Al final se viene lo que tanto hemos esperado –dijo seriamente Alfredo mirando a los ojos a Julián, ignorando al gordo Oviedo que los auscultaba atento con la mirada mientras servía, como si de un convidado de piedra se tratara, ante la cofradía de conscriptos, todos soldados “viejos”, apostados en la ladera norte del Longdon.

Julián deja nuevamente que su mirada se pose en la figura de Oviedo, ahora acodado en el mostrador de su negocio, junto a la caja registradora, revisando concentradamente una boleta. Aflora en él cierta reticencia por seguir propiciando el vínculo con ese hombre al que ahora percibe confianzudo y afable, que está allí parado como una muy concreta figura de su presente, la que a la vez lo transporta a un pasado plagado de fantasmas. Le ha dejado claro a Sandra que esta noche ya no volverá a casa, al menos por unos días. No entiendo por qué insistís en mantener la distancia, es mucho mejor intentar charlarlo, encontrar una forma, le ha dicho ella, compungida, los bellos ojos húmedos. Julián ha preferido contener las palabras que intentaran develar los motivos que lo llevan a preferir quedarse sólo por unos días –con todos los riesgos que ello implica; luego puede ser ella la que decida sobre la continuidad de un vínculo que él no quiere perder de ninguna manera. Pero necesita, lo sabe, tomar distancia, quizás porque las razones que debería esgrimir no están tan claras en su cabeza. Sabe que su mujer lo quiere, y sabe con mayor certeza aún cuánto amor él le profesa, y cuan imprescindible le resulta esa persona que hace unos años habita su vida. Por eso el riesgo de forzar una separación que ella no quiere se le hace patente a Julián. Tengo temor de que te fastidies con mis tonterías, amor, es la frase que Julián se repite con cadencia de gota china cuando piensa en Sandra. La ha visto desencajada y frecuentemente sumida en la tristeza cuando se desatan las insistentes discusiones en las que se enfrascan últimamente. Tal vez el gordo Oviedo forma ahora parte de eso que, quizás de manera caprichosa, se fuerza por volver del pasado, en confrontación con el presente que encarna Sandra, y en el que se le hace tan difícil residir.
-¿Vos te acordás de ese turro de la Marina? Ustedes decían que no los dejó volver por esa cañada, hacia Puerto Argentino –la voz de Oviedo le llega a Julián, ahora abstraído en sus cavilaciones, haciéndolo volver sobresaltado a la figura del gordo, que se ha parado de manera subrepticia junto a su mesa- el del BIM 5…cuando murió Alfredo…¿cuál era el apellido? Insúa ¿no?...Alfredo Insúa.
- ¡¿Cómo?! –Julián contesta con crispación, la figura que se presenta a su memoria le provoca espanto, aquel personaje, surgiendo detrás de las rocas, apuntándolos rodilla en tierra con su fusil, un pelotón de sus hombres detrás, forzándo a su grupo a retroceder en la retirada que venían haciendo de manera penosa desde sus posiciones, aprovechando la que suponían breve interrupción del ataque de los ingleses, prefigurando su avanzada definitiva. Y Alfredo –en el que confiaban ciegamente- no había develado sus convincentes razones para emprender a toda marcha la retirada.
- Ése es el que viene seguido también acá. Perazzo se llama –dice el gordo Oviedo- y tiene un a empresa de seguridad en la zona. Viene casi todos los días a comer.
- ¡No me digas…! –dice Julián incrédulo y asombrado, mirando a Oviedo que limpia su cuchilla frente a la mesa del antiguo soldado, restregándola en su manchado delantal, que alguna vez fue blanco- ¿Y apareció así nomás? ¿Y cómo lo reconociste?
- Está casi igual el muy turro, sólo que está canoso. No te olvides que lo estuvimos marcando todo el tiempo cuando estuvimos en el aeropuerto.
A Oviedo se le olvidará, casualmente, mencionarle algún otro motivo debido al cual el Perazzo, ex hombre de la marina de guerra, frecuenta su local. Nebulosas de la de la memoria, o de la condición humana.

A Julián aquellas palabras le remiten a un momento de singular amargura. Pero sobre todo le producen la extrañeza de aquel que no puede comprender que alguien, que en aquel momento le resultaba tan ajeno como el sargento Oviedo, el sargento primero cocinero Oviedo, encargado de la cocina del regimiento en aquellos momentos, hubiera estado compenetrado en la misma actividad penosa y furibunda que los llevaba a Julián y a sus compañeros a acechar con la mirada, llena de rencor y resentimiento, a aquel oficial de la Infantería de Marina argentina, el que había provocado con su actitud incomprensible y arbitraria, la muerte de aquel amigo. Sin embargo, en las palabras de Oviedo se reflejaba para Julián un misterioso compromiso con aquella visión del mundo que todo lo teñía de resentimiento hacia aquella persona. Una profusa concatenación de dolidas miradas buscaba, por aquel tiempo, lavar la culpa de aquel marino.
- ¿Sabés por qué te menciono lo de este tipo? Porque yo creo que ahora, en un rato, debe estar por llegar. Quería decírtelo, no vaya a ser que te tome por sorpresa –afirma el ex sargento, esbozando una sonrisa cómplice, que de inmediato se troca en mueca contrariada.